LA VOZ DEL INTERIOR - ¿El cine nacional está de la cabeza?


La comedia bizarra argentina En menos de un mes se estrenaron en Córdoba cuatro comedias que apuestan por un humor de alto delirio. La renovación empieza por casa y despacito. El mundo está loco, loco, loco. Europa está loca. Asia está loca. África está loca. Oceanía está loca. Y América está loca. Y por ende, Argentina. Argentina está loca, también. Al menos sus directores de cine. Unos cuantos, que son pocos pero sobran. Como Néstor Montalbano, Mariano Mucci, Fernando Spiner o Tetsúo Lumiere, autores respectivos de El regreso de Peter Cascada, El boquete, Adiós, querida luna y TL-1: Mi reino por un platillo volador, cuatro aproximaciones alucinadas a situaciones y personajes de la vida cotidiana de tres autores respetuosos de la idiosincrasia argentina pero sobresalientes en su arte de perseguir con obsesión el formato del humor absurdo. En un lapso de tres semanas, estas tres píldoras anticonvencionales, elementos constitutivos del caos y el desorden, aterrizaron en la ciudad de Córdoba para poner a prueba a un público adormecido por el placebo del cine americano que tampoco terminó de enganchar con la propuesta naturalista del Nuevo Cine Argentino, ese rótulo demodé que ya empieza a evidenciar sus últimos estertores como fuente de materia prima verdaderamente novedosa.

Las películas de Montalbano, Mucci, Spiner y Lumière buscan apartarse de la normalidad desde la normalidad misma. Filman en barrios, en casas, con gente como uno, pero con lentes deformantes, con poco dinero y evaden el uso sistemático de no-actores para darles rienda a personajes como Horacio Fontova, toda una revelación cinematográfica (en la tele, recordar su Sonia Braguetti del programa Peor es nada es sólo el comienzo).

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Gansadas eran las de antes


Pero toda vanguardia tiene antecedentes. Bueno, decirle vanguardia a un puñado de películas quizás sea pecar de exceso, más allá de su calidad, que la tienen (y al exceso también). Pero antecedentes sí, los hubo, e inmediatos, y con este nombre podemos llamarlos. Y destacar estos tres. Uno, Animalada (2000) de Sergio Bizzio –la única película que dirigió hasta el momento el guionista, escritor y dramaturgo y también autor de los argumentos de Adiós, querida luna y El regreso de Peter Cascada. Cuenta en clave tragicómica como un padre de familia (Carlos Roffé, un grande) se enamora de una oveja y descalabra su familia (Cristina Banegas, Carolina Fal y otros). Dos, El descanso (2001), comedia coral dirigida por Ulises Rosell (Sofacama), Rodrigo Moreno (El custodio) y Andrés Tambornino (Dónde y cómo Oliveira perdió a Achala, corto cuya dirección compartió con Rosell). Muestra la seguidilla de proyectos y despropósitos que desparraman unos amigos que ocupan un hotel abandonado en el interior de Córdoba. Tres, Balnearios (2002), documental de Mariano Llinás, apócrifo, falso, verídico e insólito. Su debut muestra con insensatez y sentimiento de pertenencia los rituales estrafalarios de los veraneantes en los balnearios de la costa argentina, y hace reír de punta a punta sin burlarse de lo ajeno, pero exponiendo su delirium tremens.

Y a apostar por el género cómico –lo de absurdo es coyuntural o no– que no muerde.


Spiner y Lumiere: Sci-fi lunática


La pregunta es ahora para Fernando Spiner (cuarenta y tantos) y Tetsuo Lumiere (veintipico). Y la respuesta es invariable: tomaron por asalto el género de la ciencia ficción para darlo vuelta, pisotearlo, plancharlo y volverlo a pisotear. Mientas que desde la mente alegremente distorsionada de Spiner salió su segundo largo adscrito al género (La sonámbula fue su debut científico y ficcional en 1998) pero sostenido en el grotesco de la autoparodia y el griterío lisérgico sobre FX nada precarios (mucha risa por aquí, mucha risa por acá: te dobla en dos), TL-1: Mi reino por un platillo volador, la primera película de Tetsuo Lumiere, apostó por una montaña de material de montaje y la ternura cinéfila propia de un amante de las películas mudas y cómicas de la prehistoria del biógrafo (término a tono con la sensibilidad sepia de este prodigioso autor). La fanta-ciencia llamó y aparecieron, firmes, y en fila, dos nombres que pertenecen a generaciones muy alejadas en el tiempo.


Montalbano y Mucci: Realismo desaforado


¿Qué tienen en común Néstor Montalbano y Mariano Mucci? No mucho. Apenas sus comienzos catódicos en la TV humorística participativamente delirante. Montalbano dirigía las temporadas sucesiva


s de Todo por dos pesos, plataforma de lucimiento doble para los archi-comediantes Diego Capusotto y Fabio Alberti, salidos de la trouppe que junto a Alfredo Casero revolucionó (acá sí podemos hablar de revolución sin pestañear) todo lo visto y oído en la televisión vernácula con De la cabezay Cha cha cha. Y, ¡zoom!, ya que mencionamos a De la cabeza mencionemos que su director fue Mariano Mucci, quien desde allí fogueó su timing afiebrado por el ridículo destrozando lo formal a través de esos sketches fumigadores de marihuana con que los imbatibles cómicos lapidaron el recuerdo de la mítica La tuerca, el último programa de la comedia nacional en apostar por la insanidad mental y salir cuerdo, o casi, en el intento.

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