CINENCUETRO.COM / TL1 - MI REINO POR UN PLATILLO VOLADOR


La absurda historia que cuenta la película, así como los efectos especiales de serie Z que se emplean a lo largo de ella, nos hace inmediatamente concluir, desde sus primeros minutos, que estamos ante un mockumentary, un falso documental que abiertamente vulnera cualquier sentido de verosimilitud. El director Tetsuo Lumière comparte con Edward D. Wood Jr. su fascinación por la ciencia ficción y el amor por hacer películas, aunque no la ingenuidad o la falta de sentido común en su realización. Por el contrario, en TL-1, mi reino por un platillo volador hay una absoluta conciencia de su carácter estrafalario y disparatado.


Poco

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Incluso el cine exploitation de Armando Bo, tan afecto al softcore como al melodrama, muestra algunas escenas que revelan una obsesión con lo sobrenatural. El realizador que dirigiera a su carnosa y turbadora esposa, Isabel Sarli, llegó a ser conocido en muchas partes del planeta como el “Ed Wood” argentino. Sin embargo, el cine que se hace en la actualidad en aquel país no ha dejado de interesarse por explorar aquel género cinematográfico que fuera iniciado por Georges Méliès. Hasta el punto que muchos consideran que ya habría un nuevo equivalente gaucho del director de Plan 9 del espacio exterior: Tetsuo Lumière.

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Este cineasta, con un nombre/seudónimo que mezcla el título de la bizarra película de Shinya Tsukamoto y el apellido de los hermanos fundadores del séptimo arte, realizó su primer largometraje en el 2004, llamado TL-1, mi reino por un platillo volador. Lo curioso es que se presenta como un documental sobre su propio director, quien, según la película, ya habría muerto (¿?). La cinta comienza contándonos, a través de testimonios de quienes “conocieron” a Tetsuo, cómo su amor por el cine y su realización comenzó con el descubrimiento de La guerra de los mundos (1953) de Byron Haskin, se prolongó con la dirección de películas de bajo presupuesto y pésima calidad, y terminó con la dirección de un psicotrónico filme sobre platillos voladores que atacan Buenos Aires.


La absurda historia que cuenta la película, así como los efectos especiales de serie Z que se emplean a lo largo de ella, nos hace inmediatamente concluir, desde sus primeros minutos, que estamos ante un mockumentary, un falso documental que abiertamente vulnera cualquier sentido de verosimilitud. El director Tetsuo Lumière comparte con Edward D. Wood Jr. su fascinación por la ciencia ficción y el amor por hacer películas, aunque no la ingenuidad o la falta de sentido común en su realización. Por el contrario, en TL-1, mi reino por un platillo volador hay una absoluta conciencia de su carácter estrafalario y disparatado.



La película es un acto de cinefilia, una muestra de amor a los filmes y su hacer. Con sus casi dos horas de duración, está relatada bajo muchas de las modalidades que caracterizaron al cine desde sus primeras épocas, como el blanco/negro y los gags de las películas de Chaplin y Keaton, pero también con los escenarios de cartón y los platos de mesa convertidos en ovnis que aparecían en la serie B norteamericana de los años cincuenta.



Como ocurre en Ed Wood de Tim Burton, TL-1… se encandila con las aventuras cinematográficas de su protagonista, así como con el acabado de sus esperpentos de celuloide. El largometraje impone una mirada a la que no le incomoda que los productos de este antihéroe tengan una apariencia caduca o cutre, porque lo importante es que el Tetsuo/personaje los haya hecho con genuino afecto por las imágenes en movimiento. El mayor acierto de esta cinta es que a pesar de lo descabellada que es, nos haga sentir simpatía por un personaje inspirado más en el cine que en la propia realidad.

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TL-1… es un atentado contra la razón. En ese sentido, tiene algo del espíritu surrealista, pero no en cuanto a su modo de elaboración, sino en función de su carácter regresivo. Presenta un gusto por los placeres propiamente infantiles, aquellos que les otorga imaginariamente una vida fabulosa a los animales y los soldaditos de plástico, o que hacen que lo contado por cualquier dibujo animado o película fantástica en general sea tomado como posible. De ahí que el Tetsuo protagonista haga sus películas como las hacía desde pequeño, reemplazando muñecos de Lego por actores de verdad, o incluso protagonizando una de sus películas hasta el punto de realizar un acto recurrente en muchos infantes, como es el comerse los mocos, aunque ello sea representado con cómica exageración.



Las escenas con los testimonios de la gente más cercana de Tetsuo son logradas. Más allá de sus diferencias, comparten un tono melancólico, lo que tiene que ver con la vena cinéfila del largometraje. Querer a aquel personaje es como querer al cine como tal, en toda su dimensión, con sus virtudes y sus defectos.



Si bien algunos de los cortos “dirigidos” por el protagonista, que se incluyen en medio de la película, se sienten muy dilatados, dando la sensación de que pudieron ser más breves, TL-1: Mi reino por un platillo volador no deja de ser por ello una divertida e ingeniosa extravagancia.


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