GATA FLORA: El hombre de las películas mudas


Tetsuo Lumière. Director de cine. Actor. Hombre mudo que dice.


La charla con Tetsuo Lumière transcurre a pocos metros del antiguo edificio en el que vivió durante más de una década y hasta hace unos pocos años: en la esquina exacta de Laprida y Charcas (Palermo, “el primer barrio con televisión por cable”, recuerda), arriba del local en el que actualmente hay un restaurante de comida hindú. El edificio está en remodelación y dicen los obreros que allí se va a levantar el mini complejo de oficinas de un exitoso empresario teatral. Dicen.




Tetsuo Lumière se crió deseando y pensando cine, a la vez que no entendiendo por qué a los demás no les pasaba lo mismo, por qué no querían ser cineastas, o actores de alguna fantasía. ¿Por qué querían vivir en la realidad?



“Mi vida era una porquería cuando era chico, una basura asquerosa”, dispara como para que las cosas queden claras desde el principio y, por las dudas, subraya: “Los chicos eran felices en general, pero yo no. Mi única diversión era lo que podía llegar a ser y no lo que era”.


Hijo de un padre sastre (“nunca quiso ser otra cosa”) y una madre que cuando él era niño trabajaba por horas, el señor Lumière (seudónimo que opera como homenaje al padre del cine universal) se ganó un lugar entre los realizadores argentinos independientes gracias a su largo TL-1: Mi reino por un platillo volador, film mudo que supo imponerse en las trasnoches del Malba durante buena parte del 2006.



Previamente, el hombre se había armado una carrera como cortometrajista de pequeñas historias donde su personaje, Lumi, pasaba vicisitudes tales como enfrentarse a la pobreza extrema y comerse ¡sus propios mocos! o pelearla contra un amor no correspondido. Todo eso fue a formar parte de su primer largo que, además, ente otras cuestiones, se encargó de exorcizar fantasmas de su niñez, obsesiones, miedos, que con el tiempo dejan de ser urgentes para ser fundamentales.



“Para mí era muy pajero ver películas, porque yo las quería hacer”, revela con respecto a sus años de infante, y quizá por eso no extraña que sentencie con tanta firmeza que uno de sus problemas era que le “entraba la información y no podía ponerla en ningún lado... porque cuando sos grande te acostumbrás a las frustraciones, pero de chico no”.






La razón de su vida



Esa intención de self made precoz, esa pulsión cinematográfica, entre otras cosas, le hacía sentir que podía con todo, que si se proponía filmar, iba a filmar. Por esto es que le llamaba la atención esa larga lista de nombres que sucedía a las películas que veía en el cine. “¿Para qué quieren tanta gente?”, se preguntaba, porque suponía que el único ser necesario para hacer una peli era ese que actuaba. ¿Acaso Jerry Lewis necesitaba asistente de maquillaje, coreógrafo y stunt man? ¡Recórcholis!



Se crió en el gran Buenos Aires, en medio de una casa que “estaba en eterna construcción”, en la que “siempre había arena, cascotes, tierra”. Un escenario, sí, o al menos un backstage de lo que vendría.



Pese a que expresa una locuacidad vital y demuestra una notable facilidad para contar su historia de vida y su derrotero profesional, TL (hagamos caso a las siglas que transformó en parte del título de su film) asegura que de chico le costaba expresarse, como intentando justificar su interés por el cine sin oralidad. Sabe que todo lo que se ve en sus trabajos remite a algo que le pasó de chico, asunto que le hace encontrar respuestas y aclaraciones a tanta explicitada autorreferencialidad.



“A los doce o trece años me junté con otros adolescentes rebeldes, conocí el sexo, me empecé a comunicar con las mujeres y a partir de ahí, con los demás”, rememora, a lo que agrega que después hizo teatro, espacio que le dio las armas actorales que utiliza como el émulo de una rara mezcla del Buster Keaton más demente con un Charles Chaplin ácido.



Puede que esta misma característica también llegue a él desde sus fuentes de cine en la infancia, conformada por recuerdos de películas de sci fi, “de la tele, que tuvieran monstruos, que fueran fantásticas”.



Quizá lo monstruoso, lo deforme, lo anormal, lo freak, es lo que lo llevó a fantasear con cuestiones complejas y más oscuras que una película de superacción de los fines de semana. Todo esto bajo la sombra de una infancia que en la charla aparece con cuentagotas pero de manera recurrente, junto a la idea base de una no-felicidad o, al menos, de una angustia contenida y materializada en lo cotidiano.



Hasta que una frase dispara pasado y a la vez grafica su presente bañado en fílmico: “O me suicidaba o hacía una película”. Así carburó la cabeza de TL hasta que armó sus primeros cortometrajes, sobrecargados de todo eso que logró licuar y volcar en pantalla. Porque “uno cuando la pasa mal se deprime, pero cuando la pasa demasiado mal y la ironía no alcanza, se transforma en un cínico”, dice.



“Cuando alguien entiende esos chistes es porque a esa persona le pasaron cosas”, agrega con respecto a sus trabajos. Y añade: “La risa es una salida. Siempre voy a hacer comedia, hay cosas que me duelen y las transformo en comedia para poder masticarlas”.




Pelopincho



“Un día le pregunté a mi viejo, en una Pelopincho, ´¿Vos cuándo te diste cuenta que ya no podías actuar en películas?” Y el viejo le dijo lo que hoy TL logró considerar obvio para el tipo de persona que era su papá.


-Nunca.



Así de categórico. Tanto como oírlo decir el mismo adverbio para hacer referencia a cuándo estudió cineQuizá por eso sus comienzos fueron más similares a uno de sus cortometrajes de humor absurdo que a un trabajo práctico del ENERC o de Imagen y Sonido de la UBA.



“Era muy ignorante... me olvidaba de prender la luz, no tenía asistente... yo quería hacer”, dice, a lo que agrega una definición de militancia under que sustenta la coherencia de su perfil artístico: “Es mejor una muestra de alumnos que una película apoyada por el INCAA, donde son los mismos de siempre, sin espacio para alternativas”.



Incluso, pese a que a lo largo de la entrevista mantiene una compostura que parece salir de un monje zen en pleno retiro espiritual, Tetsuo se enoja y la emprende contra los profesores que usan a sus alumnos para terminar sus proyectos y dice no poder creer “que en algunas universidades paguen quinientos pesos o mil por mes para que otro haga su carrera”.



Y hablando de carrera... ¿Documentales? “Jamás, salvo apócrifos”. Es que el amigo TL remarca y subraya una y otra vez la idea de que cuanto más alejado de la realidad y cuanto menos le pase por al lado la tristeza, mejor. “No conviviría con una historia triste”, dice. “Quiero hacer cosas que me hagan reir, necesito la risa”. Sí, el clown triste, el muñeco de trapo que fuera del lente sufre más de lo que nos anticipa su alter ego indicial.


¿Se quiere evadir Tetsuo Lumière?, preguntaría uno que quiera pasar por incisivo y soñara con el podio del periodista punzante.



-Nunca quise tapar nada. Pero no me gustan los dramas coloquiales, con personajes comunes... me ponen mal... necesito que haya algo fuera de lo normal.



LO NORMAL. Imagino a TL pronunciando el término de la misma manera en que el coronel Kurtz deApocalypse Now se refería a EL HORROR.




El arte ha muerto



Tetsuo Lumière jura que lo suyo es simplemente entretenimiento. Más allá de que, queriéndolo o no, elija ponerse de acuerdo con la mitad de la biblioteca referida a si el cine es arte o simplemente una rama más del diseño. TL sentencia que su película “no es una obra de arte. Ponelo eso”, dice, y agrega: “Tampoco estoy de acuerdo con que lo sea. Es una peli de noventa minutos en los que la gente se ríe mucho”.



De paso, promete.


-Todavía no me propuse hacer una obra de arte, cuando la haga te llamo.


¿Y el no-arte es caro? me pregunto yo, ahora, escribiendo esta nota, buscando la llanura absoluta, y recuerdo que también se refirió a los costos de producir entretenimiento, o al menos de los suyos propios...


“Siento que tengo muchas ideas, cosas que se me ocurren y que voy a hacer cuando tenga dinero. El problema que tengo es económico”. Pasa que TL se lleva mal con la economía, en particular con la que tiene que manejar él mismo... “el dinero es un asco, pero quiero plata para divertirme y hacer películas”, confirma, sabedor de que “de las artes, el cine es la mas cara de todas, lejos”.


¿Y para qué necesita el vil metal? Ante todo, nada de cine protagonizado por vecinos que se sientan a tomar mate, de gente nacional y popular, de... “cine costumbrista, esa es la palabra”, dice con cara de asco como para que conste en acta.



Ah, claro, TL forma parte del eternamente llamado, muerto y resucitado nuevo cine argentino, ese que ahora se proyecta en el gran circuito legitimador del arte local: el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, más conocido como “El Malba”.



Allí fue proyectada TL-1: Mi reino por un platillo volador durante 16 fines de semana a lleno completo durante 2006. Conoce cuál es la función del Malba dentro del arte local y cuál es el universo cultural que involucra. “Al final estuve en el nuevo cine argentino, que no me gusta nada”. Y pone cara de asco otra vez.


Sin embargo, se toma su paso por el museo más cool de Buenos Aires con sincero agradecimiento. “Es un lugar más para mostrar y le agradezco un montón porque hubo un cambio enorme desde que proyecté ahí”, sublima y dobla la apuesta: “mi vida no hubiera sido lo mismo sin el Malba”.



Cine argentino más público más legitimación más instituciones más temáticas ligadas con la realidad, igual: INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, para más datos). “Muchas películas tienen la suerte de que tienen el mismo gusto que las instituciones, no que la gente, porque la gente no las ve”, es lo que tiene para decir, claro y conciso, sobre la actualidad del ente oficial más anhelado por los realizadores locales.


“El INCAA quiere mantener un perfil, un estilo... pero las películas se parecen mucho... y no llevan gente”, apunta y toma envión para disparar sobre los amigos del crédito estatal: “la gente que está en el círculo se agarró de eso y no lo suelta porque si reparten la plata hay menos para ellos”.




Todo tiene un final. O no.



Como toda película con éxito, TL-1 tendrá su TL-2, también muda. Su creador está actualmente preproduciendo imágenes, corrigiendo el guión y revisando todo eso que hace falta para concretar un proyecto fílmico (locaciones, actores y demás). ¿Después?... ¡TL-3! ¿O acaso sólo las sagas de Hollywood pueden tener sus continuaciones pautadas?



“Va a ser como Volver al futuro”, ¿promete? ¿augura? ¿arriesga?


Mientras corren los títulos de crédito de la entrevista (o cartones escritos a mano, para ser más ad hoc con el personaje) aparecen ventanas pop up de mensajero on line con preguntas de don Lumière como “¿conocés un enano?”, “¿dónde lo puedo conseguir?”. Es que el hombre de las películas mudas está produciendo y las ideas le disparan necesidades concretas. Tan concretas como la espera para cobrar trabajos realizados para el canal Ciudad Abierta (¿RIP?) y tan contundentes como la feliz inquietud que le provoca el hecho de que su largo haya sido seleccionado para el premio Cóndor (el modesto Oscar argentino) en la categoría VideoFilm. Algo que, más allá de los resultados concretos, sin duda no cambiará la esencia de un artista que, sin decir palabra alguna, ya pegó más de un grito en el pequeño universo fílmico de esta tierra al sur del sur.

http://www.revistagataflora.com/



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